Carlos Keen — El pueblo que me roba el corazón cada vez que voy

Carlos Keen — El pueblo que me roba el corazón cada vez que voy

Voy a ser completamente honesto desde el principio: en este post abandono toda pretensión de objetividad.

Carlos Keen me encanta. Me vuelve loco. Me da una felicidad particular que pocos lugares logran. Y lo digo así, sin rodeos, porque creo que es exactamente el tipo de lugar que merece ese tipo de declaración.

Si salís desde Capital Federal y querés un plan de domingo que combine naturaleza, historia, buena comida y esa sensación de haber viajado mucho más lejos de lo que el odómetro indica, Carlos Keen es, para mí, de lo mejor que tiene la provincia de Buenos Aires. Y esta es la historia de una de mis visitas: un domingo de primavera del 2019 en el que el sol colaboró al máximo.

Dónde queda Carlos Keen y por qué vale la pena

Carlos Keen es una pequeña localidad del partido de Luján, en la provincia de Buenos Aires. Está a unos 65 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, dependiendo del punto de salida, lo que lo convierte en una escapada perfectamente manejable para el día.

El acceso es muy directo: desde Capital se puede tomar la Autopista del Oeste (Ruta 7) hasta Luján y desde allí son apenas unos kilómetros más hasta el pueblo. El camino final ya empieza a prepararte para lo que viene: campo abierto, molinos, alguna estancia.

Las obras del ramal ferroviario se iniciaron en 1875 y fue alrededor de la traza que comenzó a consolidarse el caserío. El 12 de agosto de 1881 surgió formalmente la estación, en el sitio que antes había servido como parador para reabastecer de agua a las primitivas locomotoras a vapor que unían Luján con San Antonio de Areco. En su momento de mayor esplendor, el pueblo llegó a contar con cuatro mil habitantes. blogspot

Cuando el ramal cesó su actividad en la década del setenta, la debacle demográfica no se hizo esperar y la población se redujo a un sexto. Cuando todo hacía suponer que Carlos Keen seguiría el camino de olvido de tantos otros pueblos del interior, despertó al turismo de fin de semana, impulsado por un casco urbano lleno de obras del siglo XIX en buen estado de conservación, una capilla neorromántica de ladrillos a la vista erigida en 1906, y una variada oferta gastronómica, artesanal y recreativa que volvió a inyectar energía al pequeño pueblo. blogspot

Hoy tiene apenas unos pocos cientos de habitantes permanentes, pero los fines de semana se transforma.

Al localizarse la estación en 1880, el incipiente poblado comenzó a aglutinarse a su alrededor. La posterior clausura contribuyó a que el pueblo se “congelara” en una imagen detenida a inicios del siglo XX, lo que derivó en una fuerte identidad visible en una homogeneidad arquitectónica donde no descuellan obras sobresalientes, sino un conjunto de edificios sencillos que se articulan alrededor de las tierras del ferrocarril. Se destacan especialmente la estación y su equipamiento complementario —galpones, depósito de agua, molino—, todas construcciones ligadas a la tradición funcional inglesa, junto con la iglesia de San Carlos Borromeo. argentina

La llegada: sol de primavera y ganas de caminar

Ese domingo me propuse llegar alrededor de las 10 de la mañana. Quería tiempo para recorrer el pueblo con calma antes de encarar el plan gastronómico del mediodía.

El sol estaba radiante. Radiante de verdad. De esos soles de primavera bonaerense que calientan sin quemar, que hacen que todo brille un poco más de lo habitual y que dan ganas de caminar sin apuro.

Carlos Keen es pequeño. Son unas pocas hectáreas. Pero para alguien que disfruta caminar, estar en contacto con la naturaleza y respirar paisaje campestre, eso no es una limitación: es exactamente lo que uno busca. Así que tomé el termo, el mate, y me dispuse a recorrerlo de punta a punta.

Carlos Keen
Carlos Keen

El corazón del pueblo: la estación de tren

La estación abandonada del Ferrocarril General Mitre es el centro neurálgico alrededor del cual gira todo en Carlos Keen. Todos los caminos llevan ahí, literal y metafóricamente.

Los fines de semana el predio de la estación se colma de artesanos que ofrecen sus productos, manteniendo el lugar vivo y preservado. blogspot Es una de esas paradojas lindas: un espacio que perdió su función original y encontró una nueva, igual de vibrante.

El edificio en sí tiene ese aire nostálgico inconfundible de las estaciones ferroviarias del interior bonaerense. Los galpones, el andén, los viejos durmientes de madera que todavía asoman entre el pasto: todo forma parte de una escenografía que no necesita restauración para ser bella. La pátina del tiempo le suma, no le resta.

Las casas que rodean el pueblo refuerzan esa sensación. Son construcciones rústicas, amplias, de ladrillo a la vista, muchas de ellas con décadas encima. Caminando por sus calles de tierra uno tiene esa extraña y placentera sensación de estar en otro momento del tiempo. No en el pasado exactamente, sino en una burbuja donde el tiempo no apremia.

Los límites del pueblo están bien marcados: del otro lado empieza el campo sin más trámite. Caballos, burros, carros, molinos de agua que siguen girando. Si uno recorre Carlos Keen de un extremo al otro, el paisaje rural acompaña permanentemente.

La Capilla San Carlos Borromeo

En el centro del pueblo se encuentra la Capilla San Carlos Borromeo, construida en 1906 y uno de los puntos más fotogénicos de Carlos Keen.

Su fachada de ladrillo a la vista en estilo neorrománico la convierte en una de esas construcciones que uno fotografía casi por instinto. Tiene esa solidez tranquila de los edificios que fueron hechos para durar, y que con el paso del tiempo solo ganan en carácter.

Es un punto de referencia central dentro del pueblo y un lugar que vale la pena visitar con calma, aunque sea unos minutos. Cada 4 de noviembre se celebra la fiesta patronal de San Carlos Borromeo, una fecha que convoca a vecinos y visitantes en una de las celebraciones más tradicionales del lugar.

Si querés seguir sus actividades o ver más fotos, tienen presencia en Instagram: @iglesiacarloskeen.

Carlos Keen

La Feria de Artesanos: Pueblo del Sol

Uno de los atractivos más destacados de los fines de semana en Carlos Keen es su Feria de Artesanos, conocida como Pueblo del Sol.

Allí se puede encontrar de todo: objetos en madera, macetas decoradas con mosaicos, alfarería, bijoutería en todas sus variantes —semillas, piedras, vitrofusión, macramé—, panificados, pastelería, quesos, tejidos, cestería, velas, sahumerios, pinturas en lienzo, juegos didácticos, mermeladas, licores, herraduras y veladores artesanales. Es de esas ferias donde uno entra sin intención de comprar nada y sale con las manos llenas.

Carlos Keen

Confieso sin culpa que compré unos pastelitos para acompañar el mate. Sí, sabiendo perfectamente que en menos de dos horas iba a sentarme a almorzar. Pero hay cosas que no se pueden resistir.

Seguí paseando entre los puestos, me saqué algunas fotos y charlé bastante con los feriantes. Eso también es parte del plan en Carlos Keen: la gente es abierta, tiene ganas de contar su historia, y las conversaciones se dan solas.

El almuerzo: Chorikeen y el debate del mejor corte

A las 12:30 llegó el momento más esperado del día.

Había varias propuestas gastronómicas en el pueblo, pero una me llamó la atención desde lejos, principalmente por la cantidad de gente que tenía: Chorikeen. Un puesto de sándwiches que trabaja con una fluidez sorprendente a pesar de estar siempre lleno.

Chorikeen

La propuesta es simple y contundente: sándwiches gigantes de vacío, bondiola y choripán, que se pueden acompañar con papas fritas y bebida. Simple, honesto, sin vueltas.

Uno querría probar todo, pero seré honesto: tengo buen apetito y un solo sándwich me bastó. Me pedí uno de vacío. Algún día tendremos que darnos ese debate sobre cuál es el mejor corte de la parrilla argentina. Va en el gusto de cada uno, pero soy un gran defensor del vacío.

También se puede elegir el punto de la carne, otro debate interminable. Para sándwiches me gusta cocido; si fuera al plato elegiría algo más a punto. La carne venía generosa —generosa de verdad—, y las salsas disponibles para acompañar eran las clásicas de siempre: criolla y chimichurri. Me decanté por un mix de las dos.

Lo acompañé con papas fritas y una gaseosa. Me hubiera gustado una cerveza, pero manejaba yo.

El puesto tiene varias mesitas propias que se llenan rápido. La otra opción —la que elegí— es llevarse la comida y buscar lugar cerca de los durmientes del tren, a la sombra de los árboles. Con el paisaje de los molinos, el galpón y la estación de fondo, comer así tiene algo de perfecto que es difícil de explicar.

Y de más está decir que después del almuerzo, y con ese sol de primavera, me permití una siestita a la sombra antes de emprender el regreso. Sin culpa alguna.

El ambiente: familias, perros y una tarde de las buenas

Una de las cosas que más me gustó de esa jornada fue el ambiente general del lugar.

Familias con chicos, parejas, grupos de amigos, perros corriendo entre la gente. Un ambiente sano, tranquilo, sin estridencias. El tipo de domingo que uno recuerda.

Carlos Keen

Para los que van: un consejo de recorrido

Si van a Carlos Keen, mi recomendación es enlazan el plan con otros destinos de la zona. En mi caso, antes de volver a casa aproveché la cercanía para visitar la Basílica de Luján, que queda a pocos kilómetros. Es un cierre natural para la jornada y le da al día una dimensión extra.

En próximas entradas les voy a contar más sobre ese tramo del recorrido.

Basilica de Luján

Una última cosa

Si todavía no fueron a Carlos Keen, dense el gusto.

No hace falta un pretexto especial ni un día perfecto. Cualquier domingo de sol alcanza. El pueblo hace el resto.

Hasta la próxima

Diego

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