Magdalena — La ciudad del río que me ganó de sorpresa
Aquella tarde, después de recorrer Atalaya, ya eran casi las 18 horas.
Había pasado una jornada excelente: sol, río, naturaleza y ese ritmo tranquilo que solo tienen los pueblos de la costa del Plata. El regreso a Brandsen era inevitable, pero antes de meterme en la ruta se me cruzó un pensamiento que ya venía rondando desde que arranqué ese día: Magdalena está a solo 8 kilómetros.
No había ningún motivo para no ir.
Así que retomé el Camino Provincial 120, salí a la Ruta 11 en dirección al sur y encaré hacia allá, con el sol todavía alto y muchas ganas de seguir recorriendo.
Un poco sobre Magdalena
Magdalena es la ciudad cabecera del partido homónimo, ubicada en el noreste de la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata.
Está a unos 110 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y a aproximadamente 60 kilómetros de La Plata, lo que la convierte en un destino muy accesible para una escapada de fin de semana o, como en mi caso, para un desvío de tarde.
El partido tiene una superficie de alrededor de 3.500 km² y una población que ronda los 20.000 habitantes. Es una zona predominantemente rural, con una economía basada en la ganadería y la agricultura, aunque en los últimos años el turismo costero y la pesca deportiva fueron ganando cada vez más protagonismo.
El clima es templado, con veranos cálidos y húmedos e inviernos suaves. Los días de verano en esta zona pueden ser muy generosos, con tardes largas que se extienden hasta bien pasadas las 20 horas.

La entrada por calle Tapalqué
Decidí ingresar al pueblo por la calle Tapalqué, para poder recorrerlo desde el comienzo y no llegar directo al centro.
Fue una buena decisión.
El barrio de ingreso tiene ese aire tranquilo de pueblo bonaerense que tanto me gusta: casas bajas, veredas arboladas, algún perro echado a la sombra. Nada apurado. Nada que no pueda esperar.
El Sport Club Magdalena
Lo primero que me crucé fue el Sport Club Magdalena, un club de fútbol infantil que tiene más historia de lo que aparenta desde la vereda.
Cuando uno se detiene a pensar en la función que cumplen estos clubes en los pueblos chicos, es difícil no sentir algo. Hace más de cien años que instituciones como esta existen con el mismo objetivo esencial: contener a chicos y jóvenes a través del deporte. El fútbol sigue siendo la disciplina con más convocatoria, pero convive con otras actividades igualmente históricas como las bochas, la pelota paleta, las artes marciales y el tenis.
En un pueblo como Magdalena, el club no es solo un predio donde se entrena. Es parte de la identidad del lugar.
La hora dorada sobre las calles de Magdalena
Ya eran las 18:30 cuando avanzaba hacia el centro del pueblo.
La luz de esa hora hacía todo más lindo. Las calles, los árboles, las fachadas viejas: todo quedaba bañado por ese tono cálido que los fotógrafos llaman golden hour y que en los pueblos bonaerenses tiene un efecto casi mágico. Las sombras se alargan, los colores se intensifican, y uno empieza a sacar fotos de cosas que a otra hora tal vez pasaría de largo.
Fue en ese contexto que, de lejos, se empezó a distinguir la cúpula de la parroquia.
La Parroquia Santa María Magdalena y la Plaza San Martín
Desde varias cuadras de distancia ya se ve la cúpula de la Parroquia Santa María Magdalena, que domina visualmente el centro del pueblo. Es una de esas iglesias que no hace falta anunciar: simplemente aparece, y uno para el auto casi por reflejo.
El edificio actual fue construido en 1860, sobre el mismo terreno donde se levantaba el templo original de 1776. Presenta un estilo ecléctico con predominancia barroca, y en su interior —organizado en tres amplias naves— se destaca un camarín con la imagen fundacional de María Magdalena, articulada y con cabello natural, junto con un confesionario jesuita y un púlpito tallado a mano por indígenas. gba
Entrar es entrar a otra época.
Las imágenes de la Virgen, de Cristo y del Papa Juan Pablo II que se encuentran en el interior parecen estar realizadas en cerámica o terracota policromada, con ese acabado artesanal y expresivo que tienen las piezas de factura religiosa tradicional. Hay algo en esas figuras que te detiene. No hace falta ser creyente para sentirlo.
Enfrente de la parroquia se extiende la Plaza San Martín, que es el corazón cívico de Magdalena. Rodeada por los principales edificios de la ciudad, es un espacio verde para el esparcimiento de todas las edades, con un monumento central en homenaje al General San Martín y al cruce de los Andes. En su vegetación se destacan tilos, acacias, cedros y arbustos decorativos, siendo el más llamativo un árbol de olivo traído de Jerusalén hace más de medio siglo. elportaldemagdalena
Ese detalle del olivo me pareció notable. Un árbol de esa procedencia, plantado hace décadas en una plaza de la provincia de Buenos Aires, tiene algo de símbolo difícil de ignorar.






El Palacio Municipal
Cruzando la plaza, frente a la parroquia, se encuentra el Palacio Municipal de Magdalena, y vale la pena detenerse a mirarlo.
El edificio fue construido en 1877 y todavía conserva su mobiliario original, incluyendo sillones estilo Luis XV de finales del siglo XIX. Es una construcción de estilo italiano en dos plantas: la planta baja alberga las dependencias administrativas, mientras que la planta alta tiene un salón de actos y un balcón terraza con columnas. Se destaca especialmente una torre que se eleva en una de las esquinas de la construcción. gba
Es uno de esos edificios que dan cuenta de que Magdalena tuvo, y tiene, una historia institucional importante. No es un municipio chico construido de apuro: hay intención arquitectónica, hay permanencia.
El conjunto formado por la parroquia, la plaza y el palacio municipal convierte al centro de Magdalena en uno de los más completos y mejor conservados de los pueblos bonaerenses que visité hasta ahora.

Hacia la costanera: la Avenida España
La visita ya estaba más que justificada. Pero me habían dicho —y lo había leído— que la costanera de Magdalena era considerablemente más amplia que la de Atalaya. Y yo me había quedado con muchas ganas de más río.
Así que, siendo casi las 19, aproveché que estamos en pleno verano y los días se extienden generosamente, para encarar hacia la costa.
Tomé la calle Hipólito Irigoyen en dirección al río, y en la intersección con la calle Belgrano doblé hacia la Avenida España.
Esa avenida me sorprendió.
Cruza una amplia franja de naturaleza que va cambiando de tono a medida que uno avanza: verdes intensos, dorados de pastizal, árboles que se proyectan contra la luz del atardecer. No es solo una calle que lleva al río. Es un recorrido en sí mismo, uno de esos tramos que uno recuerda mucho después de haberlo hecho.
La costanera de Magdalena
Llegué a la costanera y la amplitud me dio la razón a los que la recomiendan.
Es un paseo extenso, bien arbolado, con sombra real y espacios para detenerse. Desde allí el Río de la Plata se ve en toda su dimensión: esa extensión de agua marrón y quieta que parece no tener fin. Los juncos bordean la orilla, las aves sobrevuelan en silencio, y el horizonte se pierde en una línea casi imperceptible.
Recorriendo la costanera se puede llegar hasta la Playa Magdalena, un lugar que identifiqué de inmediato como ideal para bajar el kayak en alguna próxima salida. El acceso al agua parece cómodo y el entorno es espectacular.
Más hacia el fondo, llegué hasta Playa Bonita, un punto que me pareció muy prometedor para la pesca. El acceso al río está bien definido, y el lugar tiene todas las condiciones para ir detrás de bogas y patíes, que son las especies más comunes en este tramo del Plata. Ya lo tengo marcado para volver con la caña.
La vuelta: por la Ruta 11 y un desvío por General Mansilla
Ya satisfecho y con la luz del día prácticamente agotada, decidí emprender el regreso a Brandsen.
Esta vez elegí un camino distinto al de la ida, que me permitió conocer un tramo nuevo.
Tomé la Ruta 11 hacia el sur, disfrutando del paisaje campestre que ofrece en ese sector: campos abiertos, arboledas, alguna estancia perdida entre los pastos. Doblé luego por la Ruta Provincial 54, a la altura del Paraje El Pino, y llegué hasta el pueblo de General Mansilla, donde retomé la Ruta 36. Desde allí, derecho por Lisandro Olmos y la Ruta 215 hasta casa.
Fue un regreso tranquilo, de esos que dan ganas de repetir el recorrido.





Un lugar para volver
Magdalena me ganó.
En pocas horas pude ver una parroquia con más de dos siglos de historia, una plaza con un olivo traído de Jerusalén, un palacio municipal que todavía tiene los sillones originales del siglo XIX, y una costanera enorme que ya tiene dos puntos marcados para futuras visitas: uno con el kayak y otro con la caña.
Y todo eso saliendo de Atalaya casi de casualidad, a las 18 de la tarde, con el sol todavía disponible.
A veces los mejores planes son los que no se planean.
Hasta la próxima
Diego
