Navarro en invierno — Un 25 de Mayo con locro, zapallo en almíbar y un almacén que detiene el tiempo
Hay fechas que piden un plan especial. El 25 de Mayo es una de ellas.
Ese año decidí celebrarlo a mi manera: saliendo temprano, con el frío del invierno bonaerense todavía pegado al vidrio del auto, rumbo a Navarro. Un pueblo que tenía pendiente y que me parecía el escenario ideal para un día patrio: historia, tradición, y —si todo salía bien— un buen locro esperándome al mediodía.
Dónde queda Navarro
Navarro es la ciudad cabecera del partido homónimo, ubicada a 125 kilómetros al suroeste de la Ciudad de Buenos Aires. Su nombre recuerda al conquistador capitán Miguel Navarro, compañero de Juan de Garay, quien recorrió la zona a fines del siglo XVI. Wikipedia
En 1767, el comandante Juan Antonio Marín solicitó al gobernador Bucareli el establecimiento de una guardia en una laguna llamada Navarro. En 1782 se recomendó al virrey la radicación de familias y comenzó a formarse el pueblo, que quedó jurídicamente creado como partido el 1° de enero de 1798. Wikipedia
Navarro es una importante cuenca lechera y es considerada Capital Nacional del Tambo. Su laguna de 220 hectáreas es visitada por los amantes de la pesca y de la vida al aire libre. Revistamibarrio
Según el censo de 2022, la ciudad tiene 17.189 habitantes. Wikipedia
Se llega fácilmente desde Buenos Aires por la Ruta 200 desde Merlo, o por la Ruta 47 desde Luján.
La laguna: primer destino de la mañana
Llegué a Navarro con el frío de la mañana de invierno todavía instalado. El cielo estaba cubierto, de ese gris suave que tienen las mañanas bonaerenses de mayo.
Mi primera parada fue la Laguna de Navarro, que prácticamente define el carácter turístico del pueblo. Está a apenas dos cuadras del centro y tiene esa escala generosa que pocas lagunas bonaerenses ofrecen: arbolada, tranquila, con espacio para caminar sin apuro.
Para quien va en otra época, la laguna ofrece pesca, deportes náuticos y camping. Pero ese día la disfruté simplemente caminando y tomando mate al borde del agua.
La estación de tren: dos mundos en un mismo predio
Después de la laguna me acerqué a la estación ferroviaria de Navarro, y encontré algo inesperado: dos edificios que cuentan historias completamente distintas, separados por apenas unos metros.


El edificio principal es una construcción de dos plantas con fachada ornamentada, molduras, remates decorativos y una galería techada con columnas metálicas pintadas de amarillo. Tiene esa elegancia sobria de las estaciones del ferrocarril de principios del siglo XX, cuando construir una estación era un acto de fe en el progreso.
La estación fue construida por la Compañía General de Ferrocarriles en la Provincia de Buenos Aires en 1908, como parte de la vía que llegó a Patricios ese mismo año. El ramal no presta servicios de pasajeros desde 1993, aunque en sus instalaciones funciona un Museo Ferroviario con fotografías, herramientas y documentos del ramal, nacido como iniciativa del vecino Carlos A. Martino, ex jefe de la estación. Wikipedia


Y ahí, junto al galpón de ladrillo a la vista con el techo parcialmente hundido, está la cruz de San Andrés: ese cartel amarillo oxidado que dice “Pare, mire y escuche” que ya nadie necesita obedecer porque los trenes dejaron de pasar hace décadas. Pero que sigue ahí, firme, como testigo de lo que fue.
Ese detalle me detuvo más que cualquier otra cosa. Hay algo muy particular en los objetos que siguen cumpliendo su forma sin tener ya ninguna función. Una señal de tránsito ferroviario en una vía donde no pasan trenes es casi poesía del interior bonaerense.
El plan del mediodía: el locro del 25
A eso del mediodía llegó el momento que más había anticipado.
Navarro tiene varios lugares donde comer bien, pero ese día —y para esa fecha— solo había un destino posible: La Protegida.

La fachada ya lo dice todo: un cartel circular con una diligencia grabada, el nombre en relieve, las puertas verdes. Es un edificio esquinero de color rosa desvaído que tiene más de un siglo de historia encima y lo lleva con una dignidad admirable.
La Protegida es el antiguo almacén de ramos generales que perteneció al sirio libanés Emilio Mustafá en Navarro. Hace quince años, Raúl Lambert —coleccionista de objetos, documentos y misceláneas desde hace más de medio siglo— encontró en este espacio el lugar ideal para montar su colección. lanacion
El nombre hace referencia a la empresa de diligencias que unía Navarro con Buenos Aires en el siglo XIX, una de las primeras mensajerías de la región. lanacion
Entrar a La Protegida es entrar a otro tiempo.






Las vitrinas y estanterías exponen sus tesoros tal como llegan a la colección, sin restaurar, con las huellas del tiempo y del polvo: hojitas de afeitar ensobradas, carameleras, sifones de vidrio y metal, mapas ruteros, almanaques. Del techo cuelgan bicicletas antiguas. Las paredes conservan patentes de carruajes, frenos de caballo, chapas de calles que ya no existen. lanacion
Lo que más me llamó la atención fue la colección de sobres de hojas de afeitar: Gillette, Palmolive, Personna, Chicago, Legión Extranjera, Peso Pluma. Todos originales, todos ensobrados, todos de marcas que existieron en Argentina hace medio siglo. Es el tipo de detalle que uno no espera encontrar y que hace que la visita valga el viaje por sí sola.

Y las dos damajuanas de cerámica de whisky escocés —Royal The Blend, A.G. Thomson & Co, Glasgow— mirando desde un estante como si esperaran que alguien las descorche.




La mesa con azulejos de naipes es otro hallazgo: el tablero de truco inmortalizado en cerámica, listo para una partida que lleva décadas sin jugarse.

El locro y el zapallo en almíbar
Y llegó el plato fuerte.


Un locro servido en cazuela de barro, con cebolla de verdeo picada encima y pan casero en canasto. Caldoso, bien condimentado, con los granos de maíz, los porotos y la carne todos presentes y en su punto. El tipo de locro que calienta desde adentro y que en un día frío de mayo no tiene discusión posible.
Y de entrada, el zapallo en almíbar: esos cubos dorados y traslúcidos que son uno de los sabores más genuinamente criollos que existen. Dulce, suave, con esa textura que se deshace. El acompañamiento perfecto antes del plato principal.

Comer ahí, rodeado de objetos que vienen del siglo XIX, en una mesa con papel de diario laminado, con el locro humeando en la cazuela de barro, fue uno de esos almuerzos que uno recuerda mucho tiempo después. No solo por la comida, sino por todo lo que la rodea.
Un 25 de Mayo bien aprovechado
Volví a casa con el estómago lleno, la cabeza llena de imágenes y la certeza de que Navarro merece más de una visita.
La principal atracción turística es su laguna, pero también son polos de atracción el Parque Dorrego, el Museo Histórico Biográfico Coronel Manuel Dorrego y la villa ecológica GAIA. Wikipedia Todo eso quedó pendiente para una próxima salida.
Navarro es de esos pueblos que tienen capas. Uno llega pensando que va a pasar unas horas y termina descubriendo que hay mucho más de lo que entró en el día. La estación con su museo ferroviario, la laguna, la historia de Dorrego y Moreira que impregna cada rincón del lugar, y La Protegida como cierre inevitable.
Si van en invierno y pueden elegir el locro del 25 de Mayo: no lo duden.
Hasta la próxima
Diego
