La Paz, Entre Ríos — Una tarde en el Paraná que no estaba en los planes
Hay salidas que uno planifica con semanas de anticipación. Y hay otras que nacen de un impulso simple: tengo tiempo, el río está cerca, ¿por qué no?
Esta fue de las segundas.
Estaba de vacaciones en Esquina, Corrientes, disfrutando de unos días de pesca, naturaleza y esa gastronomía litoraleña que no tiene igual. El sábalo a la parrilla —bien hecho, con la piel crocante y la carne desprendiéndose sola— es uno de esos placeres que justifican cualquier viaje al litoral. Pero con el paso de los días uno empieza a buscar nuevos horizontes, nuevos paisajes. Y fue entonces cuando La Paz apareció en el radar.
Dónde queda La Paz y cómo llegar desde Esquina
La Paz se encuentra situada al noroeste de la provincia de Entre Ríos, en la confluencia del arroyo Cabayú Cuatiá con el río Paraná, a 512 km de Buenos Aires y a 171 km de Paraná por la Ruta Nacional 12.
Desde Esquina el acceso es directo y cómodo: se toma la Ruta Nacional 12 hacia el suroeste, se cruza el límite provincial y se ingresa a Entre Ríos. Son aproximadamente 80 kilómetros de un recorrido con paisaje ribereño que ya de por sí vale la pena.
La ciudad tiene una población de alrededor de 25.000 habitantes y su ejido abarca una superficie de 119 km².
Una ciudad con historia de puerto
La Paz fue fundada el 13 de julio de 1835, cuando el gobernador Pascual Echagüe decretó que en el lugar denominado Cabayú Cuatiá Grande se formara una villa con ese nombre.
La base del pueblo fue el caserío levantado a la vera del arroyo Cabayú Cuatiá, donde había un cruce de caminos y una alta barranca que permitía estar a salvo de las inundaciones y atisbar desde lo alto la zona en derredor. Por allí pasaba el Camino a Corrientes que llegaba hasta Asunción del Paraguay.
Los primeros habitantes de esta zona litoraleña fueron los Chanáes, Caletones y Guaraníes, quienes se dedicaban a la caza y la pesca dadas las ricas condiciones que ofrecía el río Paraná.
La Paz era un paso obligado para viajar a Buenos Aires o al norte, hacia Asunción. Su puerto natural sobre el Paraná era propicio para la carga y descarga de mercancías: leña, carbón, cereales, cueros. Luego comenzaron a llegar las primeras corrientes migratorias —árabes, españoles, italianos, judíos, sirios, libaneses— que le fueron dando su fisonomía definitiva.
Hoy, todo eso forma parte de una identidad muy presente en el carácter del lugar: una ciudad que creció mirando al río y que sigue haciéndolo.
El balneario La Curtiembre: arena, botes y Paraná
Mi plan para esa tarde fue simple: el Balneario La Curtiembre, situado junto al complejo termal de la ciudad. Llegué, estacioné y caminé hacia la costa.
Lo primero que aparece antes de llegar a la playa es la selva en galería: esa formación vegetal característica del litoral argentino donde los árboles crecen tan juntos y tan altos que forman una bóveda natural sobre los senderos.

El cartel de madera que lo identifica lo dice todo. Uno entra ahí y el ruido del mundo desaparece. La luz se filtra entre las ramas, el piso es de tierra húmeda y hojas, y los sonidos pasan a ser exclusivamente de pájaros y viento entre las hojas. Es una experiencia sensorial completamente distinta a lo que uno espera de una tarde de playa.


En el camino hay un cartel amarillo que resume bien la filosofía del lugar: “Respete los seres vivos. El beneficio será mutuo entre ellos y usted.” Simple, directo y cierto.
El Sendero a Playa es una de esas entradas que uno fotografía porque tiene algo de portal: dos postes de madera, el cartel, y después el túnel verde que conduce al río. Caminarlo despacio, sin apuro, es parte del plan.

Y entonces, al final del sendero, aparece el río.
La playa y el Paraná
La playa de La Curtiembre tiene esa arena fina y clara típica del litoral entrerriano, distinta a la de las costas del Plata. El cielo ese día estaba parcialmente nublado, con esas nubes blancas y esponjosas que se reflejan en el agua y hacen que todo parezca más cinematográfico de lo que es.


[FOTO lapaz2: la playa arenosa con una palmera, una estructura de madera al fondo y el monte detrás]

Lo que más me llamó la atención fueron los botes. Varias embarcaciones de madera —algunas rojas, otras azules, todas con esa pátina de uso real— descansaban varadas en la arena o amarradas cerca de la orilla. No son botes turísticos ni decorativos: son los botes de los pescadores de la zona, de los isleños que usan el río como camino cotidiano.
[FOTO lapaz5: los botes en primer plano, algunos flotando, el río brillando con el sol y la costa de enfrente en el horizonte]

Esa imagen —los botes de madera, el Paraná plateado, la costa de enfrente difuminada en la distancia— es difícil de olvidar. El río acá no es el Río de la Plata que uno ve en la costa bonaerense. Es otra cosa. Es más angosto, más verde en las orillas, más vivo. Se siente la corriente, se siente el monte, se siente que estás en el litoral de verdad.
Frente a la ciudad, hacia el oeste, se encuentra la Reserva Íctica Provincial Curuzú Chalí, un complejo delta formado por numerosas islas e islotes que se mezclan con la inmensidad del río Paraná. Esa masa verde que se ve en el horizonte desde la playa son esas islas. Un pesquero formidable para quienes van con la caña.
El río provee a la ciudad de un gran potencial pesquero con especies como el dorado, el surubí y el patí. Dato que anoto para la próxima visita, esta vez con el equipo completo.
El cierre: alfajores santafesinos sobre la ruta
Volví satisfecho de la tarde. La playa, el sendero, los botes, ese Paraná generoso. Era suficiente.
Y como La Paz está a apenas 200 kilómetros de Santa Fe, el regreso por la Ruta 12 tiene sus propias recompensas. Me detuve en una estación de servicio sobre la ruta y tomé un café acompañado de unos alfajores santafesinos de esos que no se consiguen en cualquier lado. El que no sabe lo que es un alfajor santafesino bien hecho, que vaya y lo averigüe.
Fue el cierre perfecto para una tarde que no tenía demasiados planes y terminó siendo una de las mejores del viaje.
Para tener en cuenta si van
La Paz tiene mucho más que una tarde de playa. El casino recientemente reinaugurado, el balneario municipal, el complejo termal rodeado de galerías fitográficas y senderos, el Museo Histórico Regional y el Parque Berón de Astrada con su faro sobre el Paraná son algunos de los atractivos que vale la pena conocer.
La ciudad también celebra cada año la Fiesta del Surubí Entrerriano y la Fiesta Provincial del Dorado Entrerriano, eventos que convocan a pescadores deportivos de todo el país.
Yo llegué de paso y con poco tiempo. Pero ya sé que La Paz merece una visita más larga, con la caña, con más días y con más hambre de río.
Hasta la próxima, Diego
